La evaluación en ciencias: ¿Para qué y por qué evaluamos?

Carmen Luz Sepúlveda

Carmen Luz Sepúlveda

Profesora; Investigadora Iniciativa ARPA; Monitora Talleres ARPA Ciencias; Universidad de Chile

¿Cuál fue su impresión al leer la explicación de condorito?

Esta explicación me la contó un niño que cursa primero básico; imaginen mi impresión. Quizás para algunos de ustedes esto es algo que vivencian a menudo; esto sólo pone de manifiesto que la información se encuentra cada día más a disposición de nuestros estudiantes, por lo que cada vez se hace más necesario reflexionar acerca de cómo estamos enseñando ciencias.

Esto incluye los objetivos de aprendizaje que queremos que alcancen, las actividades que diseñemos para que los estudiantes logren los aprendizajes esperados y cómo obtendremos la evidencia de que esos aprendizajes se produjeron o no.

Es por esto que cada vez tiene menos sentido preparar a los estudiantes para reproducir información, por el contrario, cada vez se hace más necesario preparar a los estudiantes en las habilidades científicas, es decir, en utilizar la información para comprender el mundo que los rodea, tanto natural como artificial,  y así poder formar parte activa de él.

Todos estos aspectos forman parte de una discusión muy presente en educación en ciencias, esta transformación en la enseñanza de las ciencias implica necesariamente una transformación en la evaluación teniendo como objetivo la medición de aprendizajes no sólo desde el punto de vista conceptual, sino que también desde las habilidades científicas, en otras palabras la evaluación en ciencias debe contemplar ambas dimensiones.

Esto pone de manifiesto la necesidad de repensar la evaluación y dejar de considerarla como medición de aprendizajes y empezar a pensarla como una herramienta para el aprendizaje. Esta nueva perspectiva sugiere, como mencionan los investigadores Grant Wiggins y Jay Mctighe (2005), abandonar la secuencia objetivos – actividades – evaluación, por una que empiece por pensar “cómo van a demostrar los alumnos aquello que aprendieron” y a partir de esto pensar cómo se va a enseñar. Esta nueva forma de pensar la evaluación, requiere que el docente reflexione sobre su práctica de manera que no pierda el rumbo y mantenga la coherencia entre los fines y los modos de enseñanza que resulten fieles con la naturaleza de las ciencias naturales.

Actualmente nos encontramos en la sala de ciencias a los estudiantes trabajando para la nota, lo que hace infructífero cualquier intento por implementar modelos de enseñanza innovadores, es por esto que la primera tarea que tiene el docente es resignificar la evaluación en los estudiantes y el primer gran paso es dar a conocer los objetivos de aprendizaje de una manera que sea accesible para los ellos, en esto también es crucial dar a conocer las razones de las actividades de aprendizaje que se realicen en el marco de los aprendizajes que han sido trazados. El conocimiento de los objetivos por parte de los estudiantes les permite posicionarse de mejor manera para alcanzarlos. En palabras del investigador Clarke (1998): “sin el conocimiento secreto de la intención del docente sobre sus aprendizajes, a los  niños, se les niega la oportunidad de poner objetivos por sí mismos, entender sus propias necesidades de aprendizaje, en otras palabras, de pensar inteligentemente en su propio aprendizaje, en lugar de averiguar qué quiere el docente y hacerlo”, “se sabe que los  estudiantes que mejor aprenden son los que aprenden por sí mismos a detectar y regular sus dificultades y a pedir y encontrar las ayudas necesarias para superarlas” (Furman M, Podestá M, 2009).

Por lo expuesto anteriormente es que se hace fundamental involucrar a los estudiantes en el proceso de su aprendizaje desde la perspectiva de la evaluación, ya que esto nos permite obtener evidencia de manera más precisa acerca de lo que los estudiantes piensan, lo cuál da la oportunidad a los docentes de conocer los niveles de comprensión que han alcanzado los estudiantes en su aprendizaje. Si bien es cierto que en ocasiones los docentes proveen de retroalimentación a los estudiantes de manera de proveer una oportunidad acerca de lo que han hecho correctamente y aquello que no han logrado, esto no alcanza a ser valorado por los estudiantes, ya que la nota asociada a la evaluación pasa a tener un mayor “peso” que la retroalimentación que pudo haber realizado el docente. Es por esta razón que la evaluación formativa debe estar presente durante todo el proceso de aprendizaje y por sobretodo debe ser coherente con los objetivos conocidos y comprendidos por los estudiantes.

Algunas de las características que sugiere la literatura de la evaluación formativa, de manera que sea provechosa por los estudiantes son: ser concreta y debe focalizarse en el trabajo realizado (esto apunta a no dar adjetivos al estudiante a partir de la evaluación recibida).

Respecto al proceso de evaluación la pedagoga Sanmartí (2017) la resume en tres etapas:

  1. Recolectar evidencia sobre lo que los alumnos han aprendido (presente a lo largo de todo el proceso de enseñanza)
  2. Analizar las evidencias obtenidas, en que parte del camino están nuestros estudiantes en relación con las metas de aprendizaje propuestas.
  3. Establecer un plan de acción como respuesta al análisis.

Sin duda esta resultará ser una ardua labor, pero el fin de todo docente es que los estudiantes puedan aprender tanto conceptos como habilidades que les permitan desempeñarse y responder de la mejor manera en las demandas actuales y futuras.

Finalmente un pequeño ejemplo del cambio en la evaluación, extraído del libro “La aventura de enseñar ciencias naturales” (Furman y Podestá)

En vez de preguntar cuál es la función de las flores en una planta, será más provechoso plantear una pregunta como esta:”La madre de Marta le dice que no se deben cortar las flores del bosque, especialmente cuando hay pocas de la misma especie. ¿Piensas que tiene razón? ¿Por qué le habrá dado este consejo? ”.

 

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